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Un Atlético con la mano de piedra.

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Un Atlético con la mano de piedra.

Mensaje por BCF el Jue Feb 28, 2013 1:11 am

No hace demasiado tiempo que el Atlético, en un escenario exigente, ante un equipo áspero, en un partido de pata dura y con una final en el horizonte, se habría arrugado como una pasa. Este Atlético de Simeone, no. Está programado para cualquier guerra, compite como si no hubiese mañana y se ha empeñado en demostrar, con hechos y no con palabras, que es alternativa de poder seria a los dos de siempre. Con Simeone, el Atlético ya no se arruga ante los desafíos, sino que aprieta los puños. Ya no dimite, ni se entrega, ni tira la toalla a la primera de cambio. Ahora se vacía y escribe su propio destino. Galopa, a contragolpes de manual, hacia una temporada histórica, firmando un campeonato espectacular. Y ahora, ha logrado cruzar el Rubicón de semifinales, pasando de año bueno a año magnífico. Del Nido, para motivar al Sevilla y salvar una temporada delicada, trufada de problemas económicos y dientes de sierra en lo deportivo, llegó a decir que el Atlético era una grande de España. Equivocó el tiempo verbal. El Atlético no es una época pretérita, es una realidad.
Abrazado a la jerarquía de Navas y al puñal afilado de Alberto, sus dos alas, el Sevilla quiso salvar el curso con la Copa, pero no le alcanzó. Entre otras cosas, porque le falta la dinamita que le sobra al Atlético. Diego Costa & Falcao, Demoliciones SA, se bastaron y sobraron para hacer volar por los aires la fe de Nervión. Del Nido, por cierto, insinuó que le habría encantado saltar al campo, vestirse de corto y tener la misión de marcar a Diego Costa. A Emery le habría venido de perlas. Nunca tuvo antídoto para frenar al tanque de Lagarto, que soluciona problemas al mismo tiempo que los crea. De la nada, Costa bajó un balón con nieve, lo amortiguó y descargó un remate soberbio. Primer puñetazo atlético. Acto seguido, en otro contragolpe digno de enciclopedia, Costa amasó una contra, aguantó al límite, ganó la atención de la defensa y cruzó un envío que Radamel Falcao, ese Tyson que vino de Colombia, alojó en la red con contundencia corrosiva. Un uno-dos mortal, a la mandíbula, que liquidaba la eliminatoria de manera lapidaria. El Atlético tenía pie y medio en la final. De aquel equipo asustado, triste y fláccido que solía salir goleado de Nervión, no quedaba nada. Este es otro Atlético. Este tiene una maza al contragolpe. Y le pesa la mano. De hecho, tiene la mano de piedra. Dos veces la sacó a pasear y la ilusión local acabó en la lona.
Es más. Sin jugar uno de sus mejores partidos, el Atlético incluso se recreó y dio su clásico paso atrás crónico. Es más, defendió demasiado atrás. Por el contrario, el Sevilla nunca pareció tener el arsenal suficiente como para desnudar al Atlético. Contra su destino siempre se rebeló Navas, un extremo impresionante, que trató de contagiar a su equipo en cada incursión. Él mantuvo de pie al Sevilla, con un golazo, e incendió el flanco del Atlético, que pasó agobios. Como no mató y Costa siguió bajando pelotazos a gusto del consumidor, el equipo hispalense acabó frustrado, sin puntería y abocado a quedarse sin final. Fue entonces cuando algunos jugadores del Sevilla, que había peleado con nobleza, confundieron ardor guerrero con bajeza y dieron una lección de cómo no saber perder. Costa, siempre en cada lío y nunca ejemplo de fair play, fue el blanco de las iras locales. Esta vez no dio, sino que recibió. Primero fue víctima de un sospechoso habitual en esto de no saber perder, Gary Medel. Y después, de Kondgogbia, tan frustrado como subterráneo. Rakitic maquilló el marcador y el colegiado, que tardó en cortar las hostilidades más de lo que hubiese sido deseable, zanjó la cuestión. El Atlético, mejor en las dos áreas, apoyado permanentemente en la muleta de Diego Costa, alcanzó la final. Fue mejor, sin discusión.
El Atlético de Simeone, cuestión de piel, no se comprende como equipo, sino como misión. Y en su carrera en pos de recuperar tanta gloria dormida, ha alcanzado su tercera final en apenas año y medio. Le espera el Real Madrid. Que le quintuplica el presupuesto, que le traumatiza casi siempre y que le ha condenado a un dèja vù histórico de derrotas durante trece años. Los libros de historia dicen que rojiblancos y madridistas han disputado cuatro finales de Copa. En tres ganó el Atlético. La última, en 1992 en el Bernabéu, llevó la firma de Bernd Schuster y Paolo Futre. El Madrid llegará siendo el gran favorito. Será un Everest para el Atlético. Otro ocho mil para Simeone. Un tipo que, a golpe de esforzado piolet, ha logrado que los atléticos crean que sí, se puede. Veremos si el Atlético escala la montaña. O si la hace volar por los aires. Dinamita le sobra. Ilusión también. Y un estado de ánimo es suficiente para ser campeón. A eso se abrazará el Atlético. Al fin, un equipo de autor.


Rubén Uría / Eurosport
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